Es cierto,
no exento de ironía porfío,
aunque parezca una torpeza,
en que algo habrá, sino de verdad,
de certeza en lo que afirmo.
Ni el canto adelantado de la alondra,
ni los paisajes más exóticos,
ni el silencio en penumbra donde escribo,
ni la inmediatez, ni la sublime sutileza
hacen que surjan las palabras
que alcanzar quisieran el venero
donde brota el agua clara
de la bondad y la belleza
(aquel clásico nombre exacto de las cosas).
Son el poso del tiempo,
las ausencias más cercanas,
un caminante que pasa sin mirarnos,
un gesto, cualquier despojo:
un bastón, un paraguas o un reloj,
el olor a tierra mojada que destila
gota a gota
un cántaro de barro,
un de pronto sometido, meditado, corregido
hasta la extenuación,
y sobre todo la lectura:
no importa si la esquela mal clavada en un árbol,
la grisura de un periódico amarillo,
la noticia «fashion» de una
revista rosa,
o esa hoja marchita de un álamo que tiembla
entre las páginas tristes de un poema de Ovidio.
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