miércoles, 20 de febrero de 2013

MUSAS


Es cierto,

no exento de ironía porfío,

aunque parezca una torpeza,

en que algo habrá, sino de verdad,

de certeza en lo que afirmo.

Ni el canto adelantado de la alondra,

ni los paisajes más exóticos,

ni el silencio en penumbra donde escribo,

ni la inmediatez, ni la sublime sutileza

hacen que surjan las palabras

que alcanzar quisieran el venero

donde brota el agua clara

de la bondad y la belleza

(aquel clásico nombre exacto de las cosas).

Son el poso del tiempo,

las ausencias más cercanas,

un caminante que pasa sin mirarnos,

un gesto, cualquier despojo:

un bastón, un paraguas o un reloj,

el olor a tierra mojada que destila

gota a gota

un cántaro de barro,

un de pronto sometido, meditado, corregido

hasta la extenuación,

y sobre todo la lectura:

no importa si la esquela mal clavada en un árbol,

la grisura de un periódico amarillo,

la noticia «fashion» de una revista rosa,

o esa hoja marchita de un álamo que tiembla

entre las páginas tristes de un poema de Ovidio.

 

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