Disculpen si no aguanto más,
pero, recién levantado,
solícito el recto
me aprieta y me voy directo al
inodoro,
adormecido, sin prisas y sin
moscas.
Y pienso en ellos, las mayores
y menores
aguas y las entrañas de
Vitrubio,
las cohortes romanas, la corte
del Rey Sol,
los ejércitos napoleónicos en
el río Berezina,
aquellos castillos, conventos,
barcos, hospitales,
los endecasílabos íntimos,
fugitivos, de Garcilaso,
los cuartetos de Mozart, los actos
sociales
interrumpidos tras un almendro en flor,
los actos sexuales más oscuros, las partes
mugrientas que ahora llamamos delicadas,
las palabras en desuso, aguamanil y bacín,
las calles pestilentes, las ratas, la peste,
el olfato acomodado, saturado
de tanta miasma circundante.
Tal día como hoy, aliviado, después
de tirar de la cadena, en la ducha,
limpio, perfumado, sin ganas, dispuesto
limpio, perfumado, sin ganas, dispuesto
al tumulto de no saber a donde ir.
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