La querencia de la boira aquí,
a los sesenta, siempre viene
del mar a la parada del bus.
A esta edad, aquella, la misma
en la que el abuelo Orencio
venía montado en bicicleta
y la esperanza de vida ahora
apenas si nos hace mayores.
Mayores para ese mal quitar
el polvo de la casa, los paseos,
escuchar la radio, las junturas,
y las gimnopedias de Satie,
escribir poco y leer lo justo:
«Iríame por el cielo en compañía
del alma de algún caro y dulce amigo,
con quien hice
común acá mi suerte».
Pues la poesía es alivio y
pasatiempo
cuando uno piensa en los
abstractos.
Abstracción, por ejemplo, de la
muerte:
una muerte que es tragedia
irreparable
y estadística recurrente en la
catástrofe
de un número sin nombres ni
apellidos.
Abstracción de lejanía entre la
niebla
que agrisa afectos, colores y
matices,
el don de la luz, el pan de cada
día,
el autobús que pasó sin
detenerse.
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