viernes, 22 de febrero de 2013

ESPERANDO EL AUTOBÚS


La querencia de la boira aquí,

a los sesenta, siempre viene

del mar a la parada del bus.

A esta edad, aquella, la misma

en la que el abuelo Orencio

venía montado en bicicleta

y la esperanza de vida ahora

apenas si nos hace mayores.

Mayores para ese mal quitar

el polvo de la casa, los paseos,

escuchar la radio, las junturas,

y las gimnopedias de Satie,

escribir poco y leer lo justo:

«Iríame por el cielo en compañía
 
del alma de algún caro y dulce amigo,
 
con quien hice común acá mi suerte».

Pues la poesía es alivio y pasatiempo

cuando uno piensa en los abstractos.

Abstracción, por ejemplo, de la muerte:

una muerte que es tragedia irreparable

y estadística recurrente en la catástrofe

de un número sin nombres ni apellidos.

Abstracción de lejanía entre la niebla

que agrisa afectos, colores y matices,

el don de la luz, el pan de cada día,

el autobús que pasó sin detenerse.

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